Disparados al clásico

Escrito por A.B. Zamora el 04 de diciembre del 2011. Archivado en Ligas españolas

Disparados al clásico

El Madrid consiguió ante el Sporting una victoria más importante de lo que en un principio pueda parecer. No son solo tres puntos, es mucho más, son kilos de autoestima, de sensaciones únicas, que sirven para afianzar la confianza en un clásico, que de ganarlo, sería casi definitivo.

El partido no fue brillante, los merengues echaron de menos a su director de orquesta, Xavi Alonso. Es un pilar fundamental en este Real Madrid, sin él, su escuadra es incapaz de borrar la barrera de lo ordinario, pierde lucidez y frescura, se puede ganar, pero nunca con la misma exquisitez. Los blancos impusieron su calidad a cuenta gotas, pero fue suficiente para doblegar a un Sporting ordenado y voluntarioso, pero en todo momento, carente de fe.

Transcurría el minuto diecinueve, cuando Di María, alteró el orden que reinaba en El Molinón, una jugada de chirigota, un balón en banda derecha que queda a pies del lateral del Sporting. Di María decide presionar con insistencia, el potrero roba el balón de forma sorprendente, se interna en el área y bate casi sin ángulo a Juan Pablo. Jugada sorprendente, por su despropósito, tan solo achacable al nerviosismo, tal vez al complejo de inferioridad del que se siente más débil.

A partir de aquí, el partido siguió por los mismos derroteros, solo los chispazos de Marcelo y Di María conseguían despertar los impulsos de sus respectivas aficiones. El argentino es un pelotero diferente, está al nivel de los grandes, es eléctrico, impetuoso, canchero, y asiste con la finura de los grandes ilusionistas del fútbol. De sus botas nació el segundo, asistencia de tira líneas, que habilita a Cristiano para poner el segundo en el marcador.

El tercero y último fue obra de Marcelo, jugada de talento y habilidad, que hizo mérito a su soberbio partido. Al lateral brasileño solo le queda consagrarse ante los grandes, si consigue defender con la misma eficacia con la que ataca, se convertirá en leyenda del madridismo.

Finalizado el partido del Molinón, le toco turno al campeón. El Barsa se enfrentaba al sorprendente Levante, el equipo revelación, la envidia de los modestos. La realidad fue muy diferente a la vivida por el Levante en esta liga, cualquier atisbo de esperanza, el más mínimo hilo de ilusión, se difuminó a los cinco minutos de partido, fue entonces cuando la magia de Iniesta se materializó en un bello pase de espuela que habilitó a Cesc para que, con precisión y calidad, materializase el primero. Después vinieron cuatro más, a cada cual más bello, más elaborado.

Guardiola dibujó un equipo con tres centrales, una característica común, la velocidad. Adelantó la línea defensiva y puso hechiceros en el centro del campo, los Xavi, Iniesta, Cesc, Busquets, escondieron el esférico, lo hacían invisible a ojos del rival, montaron su propio monopolio y le dieron profundidad con Alexis y Cuenca por las bandas. De tal guisa, el Barsa bailó a su enemigo, con un juego que recordaba al de temporadas pasadas, el mismo de siempre, pero a otra velocidad.

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